El resort en el Choco, una experiencia sostenible inmersa en el mar y la selva
La sostenibilidad en arquitectura se redujo durante años a un conjunto de indicadores medibles: porcentaje de energÃa renovable, consumo de agua por metro cuadrado, emisiones de carbono por habitante. Esa lectura, aunque válida, deja por fuera dimensiones igualmente determinantes. Un edificio puede tener certificación ambiental y haberse construido con materiales traÃdos desde el otro lado del mundo, por mano de obra externa y con técnicas ajenas al sitio.

La sostenibilidad real —la que transforma un desarrollo en un acto coherente con su entorno— opera en una escala más amplia; abarca las decisiones sobre qué se construye, con qué, cómo llega ese material a la obra y quién trabaja en esta. Cuando esas decisiones se alinean, la arquitectura disminuye su impacto ambiental, fortalece economÃas locales, preserva saberes constructivos y ancla el proyecto a su lugar de manera irreversible.


En una franja de tierra entre el océano PacÃfico y un manglar, cerca de NuquÃ, en el departamento del Chocó, Konrad Brunner Arquitectos (firma bogotana dirigida por Alexander Brunner y Daniel Guzmán) construyó un resort de aproximadamente 300 metros cuadrados, que funciona de manera simultánea como casa de descanso y destino gastronómico. El proyecto pertenece a una pareja de chefs que concibieron un espacio donde el turismo y lo doméstico conviven sin jerarquÃa; un sitio para recibir visitantes, pero sin dejar de ser una vivienda.

El conjunto, actualmente en expansión, incluye servicios complementarios y una futura vivienda para los propietarios, pero el corazón del complejo es esta edificación palafÃtica que se levanta sobre el suelo para responder al riesgo de inundaciones en marea alta.


El material principal es madera choibá de la región. La elección no es casual ni decorativa. Esta madera no requiere inmunización gracias a su dureza natural, cuenta con licencias ambientales para su empleo y se consigue localmente. Con ella resolvieron la estructura, los cerramientos y el mobiliario fijo.

Su uso elimina la huella asociada a la fabricación y el transporte de materiales industriales, y ese transporte, para los materiales que sà debieron llegar desde otros puntos, se realizó siguiendo la corriente del rÃo, sin motores; además, los paneles solares instalados en la cubierta aportan a la demanda energética del proyecto, en tanto que el agua lluvia se recolecta y almacena para uso posterior. La mano de obra fue local en su totalidad. Aquà la sostenibilidad no es un certificado, es una cadena de decisiones que empieza con el diseño y sostiene economÃas, saberes y comunidades.


El diseño del resort
El proyecto se lee como la sofisticación de las técnicas vernáculas del PacÃfico colombiano. Su cubierta, el elemento dominante, es una gran estructura inclinada que garantiza sombra continua y protección contra la lluvia, y que opera como una primera arquitectura autónoma. Debajo, la estructura de madera aparece desnuda, sin revestimientos, como una segunda arquitectura que soporta y ordena sin ocultarse. Entre ambas se despliega una vida doméstica que no ocurre ni adentro ni afuera, sino en los dos al mismo tiempo.

En el primer nivel, la zona social se abre al entorno mediante escaleras y tribunas perimetrales que conectan la plataforma elevada con el suelo y funcionan como estancias intermedias; espacios de umbral donde ocurren clases de yoga, conversaciones y el paso entre la selva y el interior.


En el segundo, el área de dormir se vuelca hacia el paisaje a través de un balcón en el borde, cubierto por el alero del techo. El pasamanos, diseñado como una banca corrida que se integra a la arquitectura, convierte ese borde en un lugar para permanecer.

Los cerramientos se resuelven con paneles de esterilla tejida en distintos patrones, que filtran la luz, permiten la ventilación y separan sin aislar. Las camas, suspendidas bajo toldillos blancos, ocupan un sitio apenas contenido por la estructura y el techo.


La rutina del proyecto gira en torno a la cocina, y la casa lo reconoce con dos espacios destinados a esa actividad. Uno exterior, bajo una cubierta secundaria abierta al jardÃn, equipado con mesón de piedra y estantes de madera; otro interior, en el centro de la planta baja, organizado alrededor de una isla de madera con lámparas en mimbre tejido que descienden del techo. Ambas son el centro de la oferta gastronómica del resort y del habitar cotidiano de sus propietarios.

Lo vernáculo no es aquà una referencia nostálgica ni un gesto folclórico, sino una inteligencia constructiva en respuesta a condiciones climáticas, materiales y sociales especÃficas. Sofisticarla significa reconocer en ella una forma de sostenibilidad que no necesita manual de certificación. En el Chocó, construir con lo que hay, como siempre se ha hecho, sigue siendo el acto más coherente posible.

Cinco puntos para destacar de esta obra
1. La madera choibá, usada en estructura, cerramientos y mobiliario, no requiere inmunización, proviene de la región y cuenta con licencias ambientales. Su utilización reduce la huella del proyecto desde la materia misma.
2. Los materiales se transportaron siguiendo la corriente del rÃo, eliminando asà la huella de carbono asociada al empleo de motores en el traslado.

3. La casa es palafÃtica, esto es, que se eleva del terreno para responder al riesgo de inundaciones en marea alta, integrando la condición geográfica del lugar como determinante constructiva.
4. Las tribunas perimetrales del primer nivel y el balcón corrido del segundo, cubiertos por el alero del techo, funcionan como estancias intermedias donde la vida doméstica ocurre entre el interior y el exterior.

5. El proyecto incorpora mano de obra local en su totalidad, extendiendo la sostenibilidad más allá de lo ambiental, hacia lo económico y social.